PARTE 2 — EL PRECIO DE UNA BUENA ACCIÓN

Permanecí dentro del auto casi veinte minutos, intentando reunir el valor suficiente para llamar a mi esposa.

Teníamos dos hijas pequeñas, una hipoteca y apenas tres meses de ahorros.

¿Cómo iba a explicarle que había perdido nuestro principal ingreso por ayudar a una desconocida?

Finalmente marqué su número.

—Christopher, cariño, ¿cómo salió la presentación?

Cerré los ojos.

—Emily, me despidieron.

Hubo un silencio.

Le conté todo.

La mujer en la carretera.

La ambulancia.

La reunión perdida.

Las palabras de Gavin.

Cuando terminé, esperaba escuchar preocupación o incluso reproches.

Pero Emily solamente preguntó:

—¿La mujer sobrevivió?

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—No lo sé.

—Entonces espero que sí. Y quiero que sepas algo, Christopher: prefiero tener un esposo desempleado que uno capaz de abandonar a alguien para llegar puntual a una reunión.

Comencé a llorar otra vez.

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