A las cinco y treinta y siete de la mañana, volvieron a tocar la puerta.
Tres golpes.
Pausados.
Seguros.
Valeria no se movió del sofá.
Había pasado la última hora revisando documentos, estados de cuenta y correos que durante meses había evitado abrir.
Ya no sentía ganas de llorar.
Sentía algo mucho más incómodo.
Claridad.
Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Mauricio seguía allí.
Renata también.
—Valeria —dijo él—. Tenemos que hablar.
—No tenemos nada que hablar.
—Lo de ayer no es lo que parece.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Entonces explícamelo.
Silencio.
—Abre la puerta.
—No.
Mauricio golpeó nuevamente.
—Soy tu esposo.
Valeria miró el anillo de bodas que todavía llevaba en la mano izquierda.
—Eso es precisamente lo que hace que todo esto sea peor.