Finalmente, cuando comprendió que no iba a regresar a la vida de antes como si nada hubiera ocurrido, me acusó de destruir nuestro matrimonio por creerle a una adolescente.
Yo escuché sus explicaciones, pero no permití que se convirtieran en excusas.
Le dije que cualquier reconciliación tendría que empezar con el reconocimiento de lo que había hecho, el respeto a los límites de Valeria y cambios demostrables, no con promesas.
También le dejé claro que no utilizaría a mi hija como mensajera ni la obligaría a enfrentarse a Verónica para solucionar los problemas de los adultos.
Con ayuda legal, inicié el proceso de separación y organicé una situación estable para Valeria.
Camila se fue a vivir con su madre.
Verónica y yo resolvimos por separado los asuntos relacionados con la vivienda y el matrimonio.
No fue sencillo. Había dinero, recuerdos y casi cinco años de vida compartida entre nosotros.