Valeria bajó la mirada.
—La de todos, papá.
—¿Y por qué no estás usando la lavadora?
Mi hija apretó los labios. Durante unos segundos pensé que no iba a responderme.
—Porque Verónica dice que gasto demasiada electricidad. Dice que, si quiero vivir en esta casa, tengo que aprender a ser útil.
Sentí un nudo en el estómago.
Miré la lavadora. Estaba funcionando, pero dentro solo había unas cuantas prendas de ropa.
—¿Entonces qué estás lavando a mano?
Valeria señaló la cubeta.
—Las prendas delicadas de Camila. También tengo que limpiar sus zapatos antes de mañana.
—¿Y quién te dijo que hicieras todo eso?
Mi hija empezó a llorar.
No fue un llanto fuerte. No gritó ni se cubrió el rostro. Simplemente se le llenaron los ojos de lágrimas, como si llevara demasiado tiempo intentando impedir que salieran.