Durante 55 años creí que mi prometido había desaparecido en la guerra, hasta que su nieto me reveló una verdad inesperada

No fue una vida perfecta.

La nuestra tampoco lo habría sido.

Pero fue una vida real.

Y comprendí que no necesitaba imaginar que todo habría salido bien si Thomas hubiera regresado a los veintiún años. Quizá habríamos sido felices. Quizá habríamos discutido, cambiado y tomado caminos inesperados.

Nunca lo sabría.

Lo que sí sabía era que, al final, habíamos tenido la oportunidad de mirarnos a los ojos y decirnos la verdad.

Eso no nos devolvía la juventud.

Pero nos devolvía algo que creíamos perdido para siempre: el derecho a despedirnos sin preguntas pendientes.

La última rosa blanca

Un año después, volví a realizar mi viaje anual al memorial de Vietnam.

Llevaba una rosa blanca en una mano y una fotografía de Thomas y yo en la universidad en la otra.

Me acerqué a su nombre grabado en la piedra.

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