Esa madrugada, Valeria cerró la maleta, metió la libreta amarilla junto a sus medicamentos y salió de la casa sin pedir permiso, sin avisar cuánto tardaría y sin aceptar que alguien más decidiera cuándo podía volver.
La placa se quedó sobre la mesa del comedor, exactamente donde la había encontrado, con su nombre grabado sobre una vida que todavía estaba ocurriendo.
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VALERIA MENDOZA.
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1997–2016.
Tenía 27 años y acababa de descubrir que, para la familia de Renata, llevaba 8 años muerta.
Manejando hacia el vivero de Elena, recordó de golpe cada detalle que antes había intentado explicar por separado: el cepillo escondido en la cajuela, sus medicinas retiradas del baño, las cartas que nunca podían quedarse sobre la mesa, la cerradura exterior de su habitación, el coche estacionado lejos de la casa y las 187 veces que su madre había encontrado una razón para sacarla antes de que llegaran invitados.
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No eran precauciones independientes.