Durante medio año alimenté a toda la familia de mi esposo, pero mi cuñada todavía criticaba cada plato. Así que durante tres días solo les serví camotes. “Si no les gusta, pueden comer en su casa”, respondí tranquilamente. Mi suegra exigió el divorcio y mi marido guardó silencio. Pero cuando revisé nuestros ahorros de 850,000 pesos, entendí que los camotes eran el menor de mis problemas.

PARTE 1

—¡Si no te gusta lo que cocino, puedes llevarte a tu familia a comer a otro lado! ¡Esta casa no es un restaurante gratuito!

Eso fue lo que le dije a mi cuñada después de seis meses soportando que llegara todos los días con su esposo y su hija, se sentara a mi mesa y todavía tuviera el descaro de criticar la comida.

Me llamo Mariana, tengo 32 años y vivo en Puebla. Cuando me casé con Alejandro, jamás imaginé que terminaría trabajando como sirvienta para toda su familia.

Mi cuñada, Patricia, tenía 29 años, un esposo llamado Óscar y una niña de cinco años, Sofía.

Al principio venían los domingos. Después comenzaron a aparecer tres veces por semana. Finalmente, llegaron todas las tardes, puntualmente a las seis.

Y nunca, absolutamente nunca, llevaron ni un kilo de tortillas.

Yo trabajaba en una oficina contable. Salía cansadísima, pasaba al supermercado y llegaba corriendo a preparar la cena.

Un día hacía pollo en mole, otro día milanesas, arroz rojo, sopa de fideo o enchiladas.

Patricia siempre encontraba algo que criticar.

—Cuñada, estas milanesas están un poquito secas.

—Mariana, ¿por qué no preparaste agua de jamaica?

—Ay, qué poquito aguacate compraste. Mi niña necesita comer bien.

Mi suegra, doña Teresa, vivía cerca y también llegaba diariamente.

—Una buena esposa sabe atender a su familia sin andar poniendo caras —repetía.

Alejandro escuchaba todo, pero jamás me defendía.

—Ten paciencia, amor. Así es mi hermana. No vale la pena pelear.

Una noche terminé de lavar los platos a las once. Patricia había dejado servilletas tiradas, su hija había derramado jugo sobre el sillón y Óscar se había llevado comida en recipientes para el día siguiente.

Cuando por fin me senté, Alejandro ya estaba dormido.

Miré mis manos resecas por el detergente y lloré silenciosamente.

Yo también tenía padres que me habían cuidado y querido. No me había casado para mantener a tres adultos perfectamente capaces de comprar su propia comida.

Entonces tomé una decisión.

Al día siguiente compré cinco kilos de camote, una bolsa de arroz y unas tortillas.

Nada más.

Por la noche, cuando llegaron mis invitados de siempre, encontraron camotes cocidos y arroz blanco.

—¿Y el guisado? —preguntó Patricia.

—Hoy no hay.

—¿Cómo que no hay?

—Estoy cansada. Además, necesitamos ahorrar.

Mi suegra torció la boca.

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