PARTE 1
La sala privada de un despacho en Santa Fe estaba tan fría que parecía hecha para romper vidas sin que nadie levantara la voz.
Mariana Salgado tenía las manos heladas sobre la mesa de cristal. Frente a ella había un expediente, una pluma negra y 3 copias de un divorcio que no había pedido.
Tenía 6 meses de embarazo.
Su vientre redondo se movía de vez en cuando, como si los 3 bebés también sintieran la tensión de aquel lugar.
Rodrigo Montes, su esposo, estaba sentado del otro lado. Traía un traje gris carísimo, reloj nuevo y una expresión de fastidio que dolía más que cualquier insulto.
No parecía un hombre despidiéndose de su familia.
Parecía alguien esperando que terminara un trámite incómodo.
—Firma, Mariana —dijo sin verla a los ojos—. No hagamos esto más pesado.
Ella apretó la pluma.
—¿Más pesado para quién, Rodrigo? ¿Para ti, que en 2 horas te vas a Cancún con ella?
El abogado bajó la mirada.
Rodrigo soltó una risa seca.
—No empieces con tus escenas. Ya hablamos. Lo nuestro se acabó.
Lo nuestro.
Mariana sintió que esas 2 palabras le partían algo adentro.
Lo suyo habían sido 7 años de matrimonio, madrugadas revisando contratos de la empresa, fiestas familiares donde ella sonreía aunque la suegra la tratara como sirvienta fina, y 1 pérdida dolorosa de un bebé 2 años atrás.
Ahora llevaba trillizos.
Y Rodrigo la estaba dejando por Ivanna Robles, una influencer de 24 años que presumía bolsas de diseñador, viajes, cenas en Polanco y frases ridículas sobre “merecerlo todo”.
En redes ya circulaban fotos.
Rodrigo abrazándola.
Rodrigo besándola.
Rodrigo poniéndole un collar de oro en el cuello.
El mismo collar que Mariana le había regalado cuando perdieron a su primer bebé, con una medallita de San Judas que él prometió nunca quitarse.
—Solo dime algo —susurró Mariana—. ¿En qué momento dejaste de querer a tus hijos?
Rodrigo por fin la miró.
Pero no hubo culpa en sus ojos.
Solo cansancio.
—No me metas a esos niños como chantaje.
Mariana se quedó inmóvil.
—Son tus hijos.
—Eso dices tú.
El silencio cayó como una piedra.
El abogado carraspeó, incómodo.
Mariana sintió una patada dentro del vientre y se llevó la mano ahí, con lágrimas atoradas en la garganta.
—¿Cómo puedes decir eso?
Rodrigo se levantó, rodeó la mesa y puso la pluma más cerca de ella.
—Porque ya no confío en ti. Porque te volviste intensa, controladora, triste. Porque una mujer embarazada no puede exigir que un hombre se quede por lástima.
Mariana cerró los ojos.
No quería llorar frente a él.
Pero las lágrimas salieron de todos modos.
Rodrigo se inclinó apenas.
—Te dejo el departamento de la Del Valle hasta fin de mes. Después te arreglas. Y no vayas a armar un show en internet, porque mi familia tiene abogados de sobra.
Ella miró el documento.