“Divorcio por mutuo consentimiento”.
Qué burla tan cruel.
No había nada mutuo en firmar con el corazón roto, embarazada y humillada.
Pero firmó.
La tinta tembló con su mano.
Una lágrima cayó sobre su nombre.
Rodrigo tomó su copia al instante, como si acabara de recuperar la libertad.
—Gracias por entender —dijo, guardando el papel.
Mariana levantó la cara.
—Algún día vas a entender lo que acabas de tirar.
Él sonrió de lado.
—No dramatices, Mariana. Neta, te hace daño.
Y salió.
Sin tocarle el vientre.
Sin preguntar si tenía dinero.
Sin despedirse de los 3 bebés.
Mariana permaneció sentada unos minutos, mirando la puerta cerrada.
Después se levantó despacio y caminó hacia el elevador. Afuera, la tarde se había puesto gris. La lluvia caía fuerte sobre Santa Fe, convirtiendo las avenidas en espejos sucios.
No pidió taxi.
No sabía a dónde ir.
Caminó bajo el agua con su bolsa pegada al pecho y los zapatos empapados.
Entonces, frente a la pantalla gigante de un centro comercial, vio la noticia que le robó el aire.
“Rodrigo Montes e Ivanna Robles anuncian boda de lujo en Tulum. Será el evento social del año”.
En la imagen, Ivanna sonreía con la cabeza sobre el hombro de Rodrigo.
Y él sostenía el dije de San Judas.
El dije de Mariana.
El símbolo del hijo que habían perdido.
Ella sintió que el mundo giraba.
Quiso avanzar, pero un dolor brutal le atravesó el vientre.
—No… mis bebés no…
Se dobló sobre la banqueta, empapada, rodeada de gente que miraba sin acercarse.
Y justo cuando intentó respirar, sintió algo tibio resbalar por sus piernas.
PARTE 2
Una mujer gritó desde la entrada del centro comercial.
—¡Está embarazada! ¡Ayúdenla!
Mariana no podía responder. Solo tenía una mano sobre el vientre y la otra en el suelo mojado.
El dolor venía por oleadas.
La lluvia le caía en la cara, mezclándose con sus lágrimas.
—Mis bebés… por favor… no se vayan…
Entonces un hombre cruzó corriendo entre los autos.
Traía abrigo oscuro, el cabello mojado y una mirada firme, pero no fría.
Se agachó junto a ella sin importarle ensuciarse.
—Señora, escúcheme. Respire conmigo. ¿Cuántos meses tiene?
—6… son 3…
El rostro del hombre cambió.
No con susto.
Con una tristeza profunda, como si esas palabras le hubieran abierto una herida vieja.
—Vamos al hospital ya.
Él cargó su bolsa, detuvo una camioneta de seguridad y ordenó con una voz que nadie se atrevió a discutir: