La madre que se fue con 30 millones de dólares — Final de la historia
El autobús salió de la estación a las 5:40 de la mañana.
Yo iba sentada junto a la ventana, con mi vieja maleta sobre las piernas y el boleto de lotería guardado en el bolsillo interior de mi bolso. Afuera, las calles todavía estaban oscuras. Algunas panaderías comenzaban a abrir y unos cuantos trabajadores caminaban apresurados hacia sus empleos.
Miré mi reflejo en el cristal.
Tenía el cabello desordenado, los ojos hinchados por una noche sin dormir y las manos de una mujer que había trabajado toda su vida.
Pero había algo diferente en mi rostro.
Por primera vez en tres años, no tenía que preguntarme qué necesitaba mi hijo antes de pensar en lo que necesitaba yo.
No sabía adónde iría exactamente. Solo sabía que no regresaría a aquella casa.