La chamarra de Daniel
Cuando la puerta se abrió, olvidé cómo respirar.
No fue un adulto quien apareció.
Fue mi hijo.
Daniel estaba ahí, más delgado, con el cabello largo y la mirada cansada. Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.
Luego sus labios temblaron.
—Mamá…
El vaso de café cayó de mis manos.
—Daniel.
Corrí hacia él y lo abracé con tanta fuerza que sentí miedo de lastimarlo. Él se quedó rígido al principio, como si hubiera olvidado cómo recibir cariño. Después se derrumbó sobre mi hombro.
—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho.
Lloré sin poder responder. Casi un año. Casi un año buscando su cara en cada estación, cada parque, cada foto borrosa publicada en internet.
Y ahora estaba frente a mí.