Julia se quedó paralizada.
No era la enfermedad de Luna lo que la había dejado sin aliento.
Era el miedo.
Cada vez que una de las enfermeras se acercaba con una pequeña bandeja plateada donde descansaban las pastillas de la tarde, la niña comenzaba a temblar.
No era un gesto de incomodidad.
Era auténtico terror.
Luna, que apenas hablaba, apretaba con fuerza la manta y miraba la puerta como si buscara una salida.
Julia fingió seguir limpiando la habitación, pero observó con atención.
—Vamos, cariño —dijo la enfermera con una sonrisa demasiado perfecta—. Estas medicinas te ayudarán.
Luna cerró los labios.
La enfermera insistió.
—Tu papá quiere que te las tomes.
Al escuchar el nombre de Richard, la pequeña terminó tragándose las pastillas entre lágrimas.
Aquella escena quedó grabada en la mente de Julia.
Durante los días siguientes ocurrió exactamente lo mismo.
Cada dosis terminaba con Luna más débil.
Más adormecida.
Más ausente.
Sin embargo, algo no encajaba.