A la hija del multimillonario le quedaban solo tres meses de vida… hasta que la nueva ama de llaves descubrió la verdad…

Julia había cuidado de su propio bebé durante los pocos días que pudo tenerlo en brazos. Había pasado semanas leyendo sobre medicamentos infantiles mientras luchaban por salvarlo.

Sabía que algunos tratamientos producían sueño.

Pero aquello era diferente.

Luna parecía perder toda su energía apenas unos minutos después de tomar las pastillas.

Una tarde, mientras cambiaba las sábanas, encontró una cápsula escondida bajo la almohada.

La niña no la había tomado.

Julia la guardó discretamente en el bolsillo de su delantal.

Esa misma noche, cuando todos dormían, fotografió el medicamento con su teléfono.

Al introducir el nombre en un buscador médico, sintió un escalofrío.

No era un tratamiento para la enfermedad que padecía Luna.

Era un sedante muy potente.

Solo debía administrarse en situaciones muy específicas y bajo estricta vigilancia médica.

¿Por qué una niña lo recibía tres veces al día?

Al día siguiente decidió observar aún más.

Esperó detrás de la puerta del despacho del médico privado de la familia, el doctor Charles Morton, mientras este hablaba con la enfermera principal.

—La dosis debe mantenerse igual —dijo él con voz firme.

—Pero cada vez está más débil.

—Eso es exactamente lo que esperan los análisis.

Julia dejó de respirar.

—¿Y si el señor Wakefield pide otra opinión?

El médico soltó una risa seca.

—No la pedirá. Está demasiado desesperado para cuestionar nada.

Julia sintió un nudo en el estómago.

Aquello no era un error médico.

Era deliberado.

Esa noche entró en la habitación de Luna con una taza de chocolate caliente.

La niña apenas levantó la vista.