—¿Te puedo hacer una pregunta? —susurró Julia.
Luna dudó unos segundos antes de asentir.
—¿Te sientes peor después de las medicinas?
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.
Muy despacio, respondió con un movimiento de cabeza.
Sí.
—¿Has intentado decírselo a tu papá?
Luna volvió a asentir.
—¿Y qué pasó?
La pequeña escribió unas palabras en una libreta que siempre guardaba junto a la cama.
“No me cree.”
Julia sintió que el corazón se le rompía.
Luna escribió otra frase.
“Siempre está el doctor cuando intento hablar.”
En ese instante, Julia comprendió que alguien llevaba meses controlando cada conversación entre padre e hija.
Pero todavía no sabía por qué.
A la mañana siguiente, Richard encontró a Julia esperándolo en la biblioteca.
Ella llevaba un sobre marrón entre las manos.
—Señor Wakefield… necesito que vea algo.
Richard abrió el sobre.
Dentro estaba la cápsula que Luna había escondido.
Y un informe farmacológico impreso durante la madrugada.
Mientras leía la primera página, su expresión cambió por completo.
—¿Qué significa esto? —preguntó con la voz temblando.
Julia respiró hondo.
—Significa que creo que su hija no se está muriendo únicamente por su enfermedad…
Hizo una pausa.
—Creo que alguien dentro de esta casa la está envenenando lentamente.
El silencio fue absoluto.
Richard levantó lentamente la mirada.
En sus ojos ya no había desesperación.
Solo una mezcla de incredulidad… y una furia capaz de derrumbar un imperio entero.