No volví a hablar con él durante el resto del vuelo.
Me pasé casi una hora mirando las nubes, intentando recordar cada conversación de las últimas semanas, cada llamada interrumpida, cada mirada que mis hijos habían intercambiado cuando creían que yo no estaba prestando atención.
Cuando el avión comenzó a descender, Robert se volvió hacia mí.
—Mary, necesito que me escuches hasta el final. Después podrás odiarme todo lo que quieras.
—No necesito tu permiso para odiarte, Robert.
Asintió lentamente.
—Lo sé.
Aterrizamos en una ciudad que no reconocí. No era nuestro destino habitual de vacaciones ni un lugar donde tuviéramos familiares.
Al salir del aeropuerto, Robert llamó a un taxi y le dio una dirección que no llegué a entender.
Durante el trayecto, vi pasar calles desconocidas, pequeñas tiendas y edificios de ladrillo. Finalmente, el coche se detuvo frente a una casa blanca de dos plantas, con un jardín perfectamente cuidado.