Gene bajó el tono al decir el nombre de su hijo y, sin dejar de mirar el interior de la caja roja, hizo algo que nadie había previsto.
Arrancó de la mesa la tarjeta que decía «Invitada» y la rompió en dos.
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No fue un gesto de arrepentimiento.
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Fue un intento de borrar lo que acababa de hacer.
—Ya estuvo de este teatro —dijo, empujando los pedazos debajo de su plato—. Era una broma.
Holly miró los dos trozos de cartulina y después levantó los ojos hacia ella.
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—A mí no me dio risa.
Siete años.
Eso tenía mi hija.
Y aun así acababa de responder con más claridad que todos los adultos que llevábamos tres años fingiendo que los comentarios de Gene no eran suficientemente graves como para arruinar una reunión familiar.
Brandon seguía detrás de Holly, sin tocarla, dejándole espacio para decidir si quería quedarse ahí o regresar conmigo.
Gene volvió a mirar la caja.
Dentro no había una joya.
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No había dinero.
No había ninguna amenaza legal ni un documento preparado para exhibirla frente a la familia.
Había una tarjeta pequeña, doblada una sola vez, con la letra de Brandon.
Gene la había leído antes de gritar.
Yo todavía no sabía qué decía.
—¿De verdad vas a hacerme esto por una niña que ni siquiera…?
Se detuvo.
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Demasiado tarde.
Brandon inclinó apenas la cabeza.
—Termina la frase, mamá.
Gene cerró la boca.
Una de las tías dejó su taza sobre el mantel.
Nadie necesitó que Brandon explicara qué palabra había estado a punto de usar.
Holly sí necesitaba otra cosa.
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Necesitaba saber qué había dentro de aquella caja que su padrastro había puesto en sus manos la noche anterior.
—¿Puedo leerla? —me preguntó.
—Sí —dije.
Brandon no intervino.
Holly extendió la mano.
Gene apretó la tarjeta contra la palma.
—Esto es entre mi hijo y yo.
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Brandon respondió de inmediato.