El peluquero de mi hijo se inclinó hacia mí justo antes de que saliéramos y susurró:

—Cuando lleguen a casa, revisa detrás de su oreja izquierda. Y no lo hagas aquí.

Sentí un escalofrío.

Mi hijo Mateo tenía nueve años y llevaba meses cortándose el cabello en la misma barbería de Querétaro. Esa mañana su peluquero habitual estaba ocupado, así que acepté que lo atendiera otro barbero llamado Mauricio.

Todo parecía normal.

Mateo hablaba de la escuela, del futbol y de un videojuego mientras Mauricio trabajaba.

Hasta que Mauricio apartó cuidadosamente el cabello detrás de su oreja.

Se quedó inmóvil.

Después me miró a través del espejo.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Mauricio fingió acomodar la máquina.

—Nada. Aquí no.

Cuando terminó, se acercó mientras Mateo bajaba de la silla.

—Revísalo en casa —repitió en voz baja—. Detrás de la oreja izquierda. Con cuidado.

—¿Qué viste?

Mauricio miró hacia los demás clientes.

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