El agua estaba helada. Me até una cuerda a la cintura y entré solo hasta una zona protegida entre rocas. Tanteé el fondo con un palo largo, una vez, otra. En la tercera sentí algo duro atrapado bajo el limo. Me agaché lo suficiente para verlo.
Era un hueso.
No tocamos nada más.
Eduviges cayó de rodillas y se persignó. Rosalba me apretó el brazo.
—Nos vamos ya a la cabecera —dije—. Que venga el Ministerio Público y haga lo suyo.
Marcamos el sitio con una tira de tela en un árbol y regresamos. Más tarde, peritos y agentes recuperaron restos humanos, una medallita religiosa y fragmentos de ropa en aquel remanso. Eduviges reconoció la medalla como una que su madre le había dado a Petronila. Ya no era solo una historia dicha al oído de una esposa aterrada.
Era un caso.
El problema fue que Nemesio supo que algo se movía.