El timbre volvió a sonar.
Camila dejó de respirar.
Alejandro lo notó.
No fue una reacción de molestia. Ni sorpresa. Fue terror.
Ella se bajó de la cama de golpe, recogió su vestido del suelo y lo apretó contra el pecho.
—No abras —susurró.
—¿Quién es?
Camila negó con la cabeza.
—Por favor, Alejandro. No abras.
Pero ya era tarde.
La voz del otro lado de la puerta atravesó el departamento.
—Camila, sé que estás ahí.
Alejandro se quedó inmóvil.
Era una voz masculina. Grave. Familiar.
Camila se cubrió la boca con una mano.
—¿Quién es? —preguntó él de nuevo.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Tu tío.
Alejandro sintió que el estómago se le hundía.
Su tío, Ernesto Salgado, era socio mayoritario de una de las empresas más importantes del Grupo Salgado. Durante años había sido una figura de poder en su vida: elegante, calculador y aparentemente intachable.
También era el hombre que había insistido en que Alejandro contratara a Camila como asistente ejecutiva seis meses antes.
“Es eficiente, inteligente y necesita una oportunidad”, le había dicho.
Ahora Alejandro entendía que nada de lo que hacía Ernesto era casual.
El timbre sonó otra vez.
—Camila —gritó Ernesto desde afuera—. Abre la puerta antes de que esto se vuelva más difícil.
Alejandro caminó hacia la entrada, pero Camila se interpuso.
—No sabes quién es realmente.
—Es mi familia.
—No —dijo ella, temblando—. Es el hombre que destruyó la mía.
La miró, sin entender.
Camila respiró hondo.
—Mi padre trabajaba para su empresa. Era director financiero de una filial en Querétaro. Hace cuatro años descubrió que Ernesto movía dinero a empresas falsas y usaba contratos del grupo para lavar millones.
Alejandro sintió un vacío helado en el pecho.
—Eso no puede ser.
—Tu tío hizo que todos pensaran que mi padre era el culpable. Lo acusaron de fraude. Perdió su trabajo, su casa, sus amigos. Murió seis meses después de un infarto.
Alejandro recordó vagamente aquel escándalo. Una nota en periódicos financieros. Un ejecutivo caído en desgracia. Un nombre que nunca había importado porque Ernesto había dicho que se trataba de “un empleado deshonesto”.
—Tu padre era Ricardo Ávila —murmuró.