PARTE 2
La casa estaba llena.
Tres generaciones reunidas en la sala.
Hijos, nietos, bisnietos.
Todos miraban a Sofía y Andreas, sentados en el sofá viejo, el mismo que habían comprado hace cuarenta años, el que habían tapizado tantas veces que ya no quedaba nada del original.
Pero ellos seguían sentados ahí.
Juntos.
Como siempre.
Sofía tenía el cabello completamente blanco, pero sus ojos todavía brillaban con esa luz que Andreas decía que lo había enamorado a los dieciocho años.
Andreas ya no caminaba derecho. Su espalda se había curvado con los años, pero su mano seguía siendo firme cuando sostenía la de Sofía.
El pastel estaba sobre la mesa.
Setenta y ocho velas.
Demasiadas para contar.
Demasiadas para soplar.
Pero nadie se atrevía a sugerir que soplaran solo algunas.
Porque cada vela era un año.
Y cada año era una historia.
PARTE 3
El hijo mayor, Dimitri, se levantó.
—Papá, mamá… queremos que digan algo.
Andreas miró a Sofía.
Ella sonrió.
—Tú primero, viejo.
Andreas se aclaró la garganta.
Se tomó su tiempo.
Miró a su alrededor.
A sus hijos.
A sus nietos.
A sus bisnietos.
Y luego miró a Sofía.
Y empezó a hablar.
—Cuando me casé con esta mujer… —su voz temblaba—, no tenía nada. No tenía casa. No tenía dinero. No tenía un futuro claro.
Hizo una pausa.
—Pero tenía algo mejor.
Miró a Sofía.
—Tenía a alguien que creyó en mí cuando nadie más lo hacía.
Sofía bajó la mirada.
Andreas continuó.
—Recuerdo la primera noche en nuestra casa. Si es que se le podía llamar casa. Era un cuarto pequeño, con goteras en el techo. Llovía afuera y llovía adentro.
Algunos rieron.
—Y Sofía… —la miró—, Sofía no se quejó. No lloró. No me dijo que había cometido un error.
Se le quebró la voz.
—Solo tomó las cobijas, las puso en el suelo, lejos de las goteras, y me dijo: “Andreas, mientras estemos juntos, cualquier lugar es hogar.”