Emiliano estaba sentado a la mesa, desayunando cereal mientras buscaba su mochila.
Mauricio preparaba café.
Yo cortaba fruta.
De pronto, mi hijo levantó la mirada.
—Mamá, ¿ya le preparaste el almuerzo a papá?
Me quedé inmóvil por un segundo.
Mauricio también dejó de moverse.
Emiliano sonrió.
—Es broma. Ahora papá se prepara el suyo.
Los tres nos reímos.
Era una risa pequeña, pero significaba mucho.
Durante los últimos dos años, Mauricio había dejado de fingir que trabajaba en una constructora. Había regresado a la empresa familiar, aunque no asumió de inmediato la dirección. Primero pasó por una revisión independiente de sus responsabilidades y comenzó a trabajar bajo la supervisión de un equipo profesional.
También creó un programa de formación para jóvenes que querían aprender oficios relacionados con la construcción y la administración.
No lo hizo para compensar las mentiras con una obra benéfica.