La puerta trasera del automóvil se abrió lentamente.
Primero apareció un bastón de madera oscura.
Después, un zapato negro perfectamente lustrado.
Finalmente, bajó un hombre de unos sesenta y cinco años, con el cabello completamente blanco y una expresión que parecía tallada en piedra.
Mauricio retrocedió un paso.
Nunca lo había visto así.
Mi esposo, el hombre que durante doce años había fingido cansancio después del trabajo, que se quejaba del precio de la gasolina y que decía que no podíamos permitirnos unas vacaciones, estaba temblando.
—No tenías que venir —murmuró.
El anciano cerró la puerta del automóvil.
—Doce años, Mauricio. Te di doce años para resolver esto.
Después me miró.
Sus ojos eran oscuros, profundos, y había algo en ellos que me hizo sentir que aquel desconocido sabía mucho más de mí de lo que yo podía imaginar.