PARTE 2
Osvaldo soltó una risa corta, ajustándose los gemelos de oro.
—Efraín, sé realista. Valeria está a punto de entrar a las filas de la élite naval. Hay almirantes, hay prensa. Si te sientas con nosotros, van a pensar que es el mecánico del puerto. Ve a sentarte al fondo, por su bien.
Miré a Rocío. Ella tenía los ojos fijos en el suelo, ajustándose los aretes de perlas. Ni siquiera me defendió.
Sentí el golpe. No en el pecho, sino en la garganta. Tragué saliva.
—Está bien —dije con la voz rasposa—. Solo quiero verla.
Me di la vuelta. Caminé con mi bolsa de tela, pasando entre los invitados que me miraban con curiosidad y desdén. Llegué hasta la última fila. Ahí había unas sillas de plástico blancas, bajo la sombra de una palma, lejos de los micrófonos y de las cámaras.
Me senté. Puse mi bolsa en el regazo. Y saqué mi amuleto.
Era un viejo silbato de plata. La plata estaba derretida en un lado, con una cicatriz negra y rugosa cruzando el metal. No era joya fina. Era mi recuerdo. Lo frotaba con el pulgar cuando los nervios me ganaban.
La banda de música empezó a tocar. El sonido de las botas marcando el paso retumbó en el pecho.
Ahí iban. Los cadetes. Impecables. Blancos como la espuma del mar.
Busqué a Valeria con la mirada. Iba en el tercer pelotón. Hermosa. Con la barbilla en alto y la mirada al frente. En un momento, sus ojos barrieron las gradas. Buscaba. Sonreí y levanté un poco la mano, pero estaba tan lejos, tan escondido entre las sombras de la palma, que su mirada pasó de largo.
No me dolió. Solo me llenó de orgullo. Mi niña es oficial, pensé.
Volví a bajar la mano y mis dedos rozaron el silbato de plata.
De repente, una sombra se detuvo frente a mí.
Levanté la vista. Era un hombre mayor.