A la mañana siguiente cambié de estrategia.
No necesitaba hacer nada contra Sergio.
Su propia enfermedad ya era suficientemente seria.
Yo necesitaba protegerme.
Llamé a una abogada, cancelé su acceso a mis cuentas y cambié los beneficiarios de mi seguro.
Después guardé copias de ambos informes médicos.
El mío.
Y el suyo.
Tres días más tarde ingresé al hospital para mi cirugía.
Le dije a Sergio que era una revisión menor.
Pareció aliviado.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No hace falta.
Ni siquiera insistió.
Mis padres estuvieron conmigo.
La operación salió bien y los médicos fueron optimistas con mi recuperación.
Cuando desperté, mi madre sostenía mi mano.
Pero también estaba mi abogada.
—Valeria —dijo—, encontramos algo mientras revisábamos tus documentos.
Me entregó una carpeta.
Dos meses antes, Sergio había contratado una nueva póliza de seguro sobre mi vida.
Una póliza enorme.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sabemos.
La firma había sido copiada.
Y el beneficiario era Sergio.
Pero había algo todavía más extraño.
El pago inicial de la póliza no había salido de su cuenta.
Había salido de una cuenta perteneciente a su madre.