Rodrigo se quedó mirando la pantalla sin parpadear.
Durante varios segundos no pudo procesar lo que estaba viendo.
Su madre.
La mujer que durante toda su vida había repetido que la familia era lo más importante.
La mujer que había abrazado a Lucía el día de la boda y le había prometido:
—Ahora eres como una hija para mí.
La misma mujer que, semanas después, había intentado convertirla en una víctima perfecta.
Rodrigo adelantó la grabación.
La imagen mostraba a Graciela entrando al departamento con una bolsa negra.
Miraba alrededor constantemente.
Como si tuviera miedo de que alguien la estuviera observando.
Caminó hasta el mueble del televisor.
Se agachó.
Sacó un sobre pequeño de su bolso.
Y lo escondió detrás del panel trasero.
Después sonrió.
Una sonrisa que Rodrigo nunca había visto en su madre.
Una sonrisa de victoria.
La grabación terminó.
Rodrigo cerró los ojos.
No necesitaba más.
Pero algo dentro de él le decía que aquel sobre era la pieza que faltaba.
A la mañana siguiente, mientras Lucía seguía dormida, Rodrigo volvió al departamento acompañado por un abogado.
No quería enfrentarlas todavía.
Primero necesitaba saber toda la verdad.
Retiró con cuidado el panel del mueble.
Detrás encontró el sobre.
Dentro había varios documentos.
El primero era un contrato.
Un documento de custodia temporal.
El nombre de Gael aparecía arriba.
Rodrigo sintió que la sangre se le helaba.
No era un simple papel.
Era un intento de quitarle el bebé a Lucía.
Siguió leyendo.
Según el documento, Lucía supuestamente había demostrado “incapacidad emocional y económica para cuidar al menor”.
La fecha era de hacía una semana.