Camisas claras, pantalones oscuros.
Parecían empleados de oficina.
Pero Daniel se puso pálido.
—Uno de ellos trabaja para Rodrigo.
Nos levantamos.
Daniel guardó la carpeta, pero me entregó la USB.
—No la pierdas.
Salimos por una puerta lateral.
—¿Por qué te siguen?
—Porque esta mañana descargué archivos del servidor.
—¿Rodrigo lo sabe?
—Todavía no sé cuánto sabe.
Llegamos al estacionamiento.
Entonces mi celular, que acababa de encender, comenzó a llenarse de mensajes.
Rodrigo.
Mi suegra.
Fernanda.
Y finalmente Esteban.
“LLÁMAME URGENTE.”
Marqué.
—Encontré el trámite —dijo mi abogado.
—¿Cuál?
—Una asamblea extraordinaria programada para mañana a las nueve.
Miré a Daniel.
—¿De Grupo Alcázar?
—Sí. Quieren aprobar una reorganización corporativa y transferir determinados activos tecnológicos.
—¿Con qué autorización?
—Ahí está el problema.
Esteban hizo una pausa.
—Presentaron un poder supuestamente otorgado por ti.
Sentí un vacío en el estómago.