Cuando subí al jet privado rumbo a Monterrey, encontré a la secretaria de mi esposo sentada en mi lugar, dándole gajos de naranja directamente en la boca.
Y lo peor no fue eso.
—Mariana, vete atrás —ordenó Rodrigo sin siquiera levantarse—. Fernanda se marea durante los vuelos y necesita sentarse aquí.
Fernanda, su nueva asistente ejecutiva, fingió sorpresa al verme.
—Ay, perdón, señora…
Un pedazo de naranja cayó sobre el pantalón de Rodrigo y ella se apresuró a limpiarlo con la mano.
Él ni siquiera se apartó.
Los seis directivos de Grupo Alcázar que viajaban con nosotros guardaron silencio.
Entonces intervino mi suegra.
—No seas egoísta, Mariana. Fernanda trabajó con Rodrigo hasta las tres de la mañana. Por una vez piensa en alguien más.
Miré a mi esposo.
Durante años había ocupado ese asiento a su lado.
Pero aquello ya no tenía nada que ver con un asiento.