La habitación costaba poco y olía a humedad, pero tenía una mesa, una silla y una lámpara que funcionaba.
Era suficiente.
Cerré la puerta con llave y saqué el sobre.
Durante varios minutos no me atreví a abrirlo.
Reconocía perfectamente la letra de mi padre. Recordaba las tarjetas que me escribía cuando yo era niño, las notas que dejaba sobre la mesa y las felicitaciones que me daba cuando sacaba buenas calificaciones.
También recordaba la última vez que lo vi.
Estaba sentado en su despacho, revisando unos documentos.
—Papá, Mauricio volvió a sacar dinero de la empresa —le había dicho—. No deberías seguir cubriendo sus deudas.
Él levantó la mirada.
—No te metas en asuntos que no entiendes, Santiago.
Fue la última conversación que tuvimos antes de mi detención.
Durante el juicio, aquella frase regresó a mi memoria cientos de veces.