PARTE 1
El juez cerró la carpeta amarilla y miró al niño sentado en medio de la sala.
Mateo tenía 9 años.
Los tenis gastados no le llegaban al piso, y aun así mantenía la espalda recta, como si supiera que esa mañana no podía llorar.
A su lado estaba su hermana Sofía, de 6 años, apretando una muñeca sin zapato contra el pecho.
Frente a ellos, en una silla sencilla, estaba Marisol Rivas.
Una mujer de 34 años, con el cabello recogido, uñas sin pintar y una blusa blanca planchada la noche anterior con mucho cuidado.
Había llegado en camión desde una colonia popular de Guadalajara, cargando una bolsa con documentos, galletas para sus hijos y una tristeza que ya no le cabía en la cara.
Del otro lado estaba Ricardo Armenta.
Traje azul oscuro.
Reloj carísimo.
Zapatos brillantes.
Sonrisa de hombre que nunca había pedido permiso en su