Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre
La última página del sobre temblaba entre mis manos.
No porque hiciera frío.
Sino porque reconocí la firma.
Roberto Salgado.
Mi padre.
La misma firma que aparecía en mis boletas escolares, en los permisos que nunca me firmaba y en los pocos documentos que alguna vez me había pedido llenar.
Pero aquella vez su nombre estaba escrito al final de un documento que llevaba la fecha de dieciocho años atrás.
Miré al licenciado Mauricio Cárdenas.
—¿Qué significa esto?
El abogado no respondió inmediatamente. Se acomodó los lentes, sacó otra carpeta de su portafolio y se sentó conmigo en una banca junto a la entrada trasera del restaurante.
A unos metros, mi viejo Nissan Tsuru seguía inmóvil, con el cofre ligeramente levantado.
Hacía menos de una hora yo estaba buscando algo de comer entre las bolsas de basura.