—¿Daniel no te dijo nada? —preguntó el doctor Ramírez, con los ojos llenos de lágrimas.
Sentí que la bolsa con la comida se me resbalaba entre los dedos.
—¿Decirme qué?
Él abrió la boca, pero una enfermera lo interrumpió.
—Doctor, por favor…
Ahí entendí que todos en ese pasillo sabían algo sobre mi esposo menos yo.
Daniel y yo llevábamos once años casados. Era cirujano en un hospital privado de Guadalajara y siempre había vivido entregado a su trabajo.
Pero durante el último año algo había cambiado.
Ya casi nunca cenaba con nuestra hija Sofía y conmigo. Faltó a Navidad, a nuestro aniversario y hasta al cumpleaños número ocho de la niña.
—Estamos saturados, amor. No me esperes despierta.
Yo le creía.
Incluso cuando comenzó a dormir algunas noches en el hospital.
Una madrugada desperté y lo encontré sentado al borde de nuestra cama, llorando en silencio.