Larkin se detuvo frente a mí.
Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello y finalmente mi rostro.
—Woods.
—Señor Steves.
Thomas apareció detrás de él.
—No puede ser.
Tomó una copa de una bandeja y me la ofreció.
—¿Cuánto te costó alquilar todo esto?
No acepté el champán.
—Menos de lo que gastas mensualmente en cocaína que después clasificas como “entretenimiento de clientes”.
Thomas dejó de sonreír.
Larkin giró lentamente hacia él.
—¿Qué?
—Nada —respondí—. Broma contable.
Thomas entendió la advertencia.
Yo conocía sus números.
Todos.
Larkin me ofreció el brazo.
—Ven.
—Puedo caminar sola.
Algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios.
—Eso empiezo a sospechar.
Avanzamos.
Las miradas continuaban siguiéndome.
Pero entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
Un hombre de cabello plateado dejó su conversación al verme.
Vincent Moretti.
Yo conocía ese nombre.