Daniel no respondió enseguida.
Lucía tampoco.
Adrián había pasado años entrando en salas donde su palabra movía decisiones.
Aquella tarde, ninguna frase podía darle control.
Daniel señaló una caja de melones.
—Entonces carga esa.
Adrián parpadeó.
—¿Cuál?
—La de abajo.
Adrián se agachó.
La caja era más pesada de lo que parecía.
Daniel tomó el otro extremo sin pedir permiso.
Caminaron juntos unos metros y la colocaron junto a las demás.
No era perdón.
Pero era la primera cosa que hacían entre los dos.
Durante los días siguientes, Adrián tuvo que aprender a convivir con una verdad incómoda: Daniel podía parecerse físicamente a él y aun así ser, en casi todo lo importante, un desconocido.
No sabía qué comida prefería.
No sabía qué materias le costaban trabajo.