Cuando Adrián terminó de entender lo que Mercedes había dejado por escrito, ya no podía seguir pensando en aquella separación como un simple error cometido en su juventud.
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La confesión cambiaba algo más profundo: demostraba que durante años alguien había intervenido para que él, Lucía y Daniel vivieran convencidos de versiones distintas de la misma historia.
Daniel seguía de pie al otro lado de la mesa de madera del puesto, con los brazos tensos junto al cuerpo y la mirada fija en las hojas que su madre había guardado durante tanto tiempo.
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No sabía qué le dolía más.
Descubrir que Adrián era su padre o aceptar que una mentira había ocupado el lugar donde debieron existir cumpleaños, conversaciones, regaños, domingos comunes y dieciséis años de vida compartida.
Lucía no intentó tocarlo.
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