—Tu mamá vino a ayudar, no a descansar —escuché gritar a mi suegra desde la sala—. Cuando termine la cena, que se siente.
Me quedé inmóvil junto a la puerta.
Había regresado antes de un viaje de trabajo a Monterrey y nadie sabía que ya estaba en Querétaro.
Desde la sala llegaban las risas de mi esposo, Rodrigo, y de su madre, Beatriz.
Pero desde la cocina escuché llorar a mi hija.
Corrí hacia allá.
Mi mamá, Elena, estaba frente a la estufa con una olla hirviendo. Sostenía a Sofía, mi gemela de dos años, contra el pecho mientras Mateo se aferraba a su pierna.
Mi mamá estaba pálida.
Le temblaban las manos.
Desde hacía años padecía artritis reumatoide y había días en los que incluso abrir un frasco le resultaba doloroso.
—Mamá, ¿qué estás haciendo?