Y, por alguna razón, se me quemó un poco.
Cuando la puse en la mesa, mi padre miró el plato y dijo:
“Eso es de familia.”
Nos reímos los dos.
No fue una risa enorme.
No fue una escena de película.
Fue mejor.
Fue una risa pequeña en una cocina estrecha.
Una de esas que no arreglan la vida, pero la hacen más llevadera.
Con el tiempo, dejé de explicar por qué seguía viviendo allí.
Ya no me importaban tanto las miradas.
Ni los comentarios suaves.
Ni esa pregunta disfrazada de curiosidad:
“¿Y no has pensado en hacer tu vida?”
Mi vida estaba allí.
En las notas del frigorífico.
En la caja torcida de las llaves.
En la bicicleta roja apoyada contra la pared del trastero.