PARTE 2: LOS HIJOS QUE NUNCA DEBÍ PERDER

Elena permaneció de pie al otro lado de la puerta de cristal de su oficina, mirándome como si estuviera viendo a un extraño.

Y quizá tenía razón.

Porque el hombre que estaba frente a ella ya no era el mismo que seis años atrás había salido de su casa con una maleta en la mano.

Pero tampoco era el hombre que yo creía ser.

—Te vi en la televisión —repetí con la voz quebrada—. Elena, necesito saber…

Ella cruzó los brazos lentamente.

No había odio en sus ojos.

Eso fue lo que más me dolió.

El odio habría significado que todavía ocupaba un lugar importante en su vida.

Pero lo que vi fue algo mucho peor.

Indiferencia.

—¿Qué necesitas saber, Alex?

Tragué saliva.

Había imaginado este momento cientos de veces desde que vi a esos niños.

Había imaginado que ella lloraría.

Que me reclamaría.

Que me golpearía con cada palabra que yo merecía escuchar.

Pero Elena simplemente estaba ahí, esperando.

—Los niños…

Su expresión cambió apenas.

—¿Qué pasa con ellos?

—Son míos, ¿verdad?

El silencio cayó entre nosotros.

Elena cerró los ojos durante unos segundos.

Como si esa pregunta hubiera confirmado exactamente lo que esperaba.

—Así que finalmente lo descubriste.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Finalmente?

Ella caminó hasta su escritorio y tomó una carpeta.

—Sabía que algún día pasaría.

La dejó frente a mí.

Mi nombre estaba escrito en la portada.

Alex Vance.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Qué es esto?

—Algo que debiste recibir hace casi seis años.

Abrí la carpeta.

Dentro había documentos médicos.

Informes de embarazo.

Resultados de pruebas.

Y una fotografía.

Cuatro bebés recién nacidos.

Dos niños.

Dos niñas.

Mis hijos.

Mis rodillas casi dejaron de sostenerme.

—No entiendo…

Elena soltó una risa triste.

—Claro que no entiendes. Nunca quisiste escuchar.

Pasé las páginas rápidamente.

La fecha del primer informe era exactamente cuatro días antes de que yo abandonara nuestra casa.

Cuatro días.

Ella había estado embarazada cuando me fui.

—¿Por qué no me lo dijiste?

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