La Promesa de la Media Torta

…veinticinco años.
Isabella tenía ahora treinta y cuatro años. Su vida no era lo que había imaginado. La cadena de hoteles de su padre había quebrado cinco años atrás. Deudas. Juicios. Embargos. La casa familiar en Guadalajara fue subastada. Sus padres vivían ahora en un departamento pequeño en las afueras de la ciudad. Y ella… ella trabajaba como maestra en una escuela pública. La misma escuela donde ahora estudiaban niños que, como Mateo, a veces llegaban con hambre.
Esa mañana, Isabella estaba en su salón de clases. Había estado preparando una lección cuando la directora entró. —Isabella —dijo, con los ojos muy abiertos—, hay alguien aquí para verte.
—¿Quién?
—Dice que es… un antiguo alumno.
Isabella frunció el ceño. Ella llevaba solo tres años enseñando ahí. No tenía alumnos antiguos.
Caminó hasta la oficina de la directora. Y entonces lo vio.
Un hombre de traje oscuro, de pie junto a la ventana. Alto. Cabello oscuro. Ojos que ella reconocía. Ojos que habían mirado a través de una reja de hierro hace veinticinco años.
El hombre se volteó. Sonrió. Y en su muñeca derecha, sobre la piel morena, brillaba una pequeña pulsera de plata.
—Hola, Isabella —dijo.
Ella no pudo hablar. Solo lo miró. Porque era él. Era Mateo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *