Durante varios minutos no pude decir una sola palabra.
El sonido del río golpeando contra los pilares del viejo muelle era lo único que llenaba el silencio.
Miraba a Tobías frente a mí.
De pie.
Después de quince años.
El hermano que todos creían condenado a una silla de ruedas acababa de salvarme la vida.
Pero mi mente no podía aceptar lo que mis ojos estaban viendo.
—Tobías… —mi voz salió temblorosa—. ¿Desde cuándo puedes caminar?
Él bajó la mirada.
Por primera vez desde que éramos niños, vi miedo en sus ojos.
—Desde hace casi diez años.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Diez años?
Asintió lentamente.
—Después del accidente de nuestros padres, los médicos dijeron que mis piernas estaban dañadas, pero no completamente inutilizadas. Con rehabilitación y tiempo podía recuperar parte de la movilidad.
—Entonces… ¿por qué fingiste?
Tobías respiró profundamente.
—Porque alguien pagó para que todos pensaran que nunca volvería a caminar.
El frío del río desapareció.
Porque de repente sentí algo mucho más aterrador.
—¿Quién?
Tobías me miró.
—El padre de Garrett.
Sentí que mi corazón se detenía.
El padre de Garrett había muerto oficialmente hacía doce años.
Un accidente de barco.
Eso era lo que todos creían.
Pero Tobías continuó.
—Nuestros padres no murieron por una falla mecánica. Descubrieron que la familia Mercer estaba intentando comprar nuestro astillero usando documentos falsos. Cuando papá y mamá se negaron, empezaron las amenazas.
Me apoyé contra la pared húmeda.
Toda mi vida estaba cambiando frente a mí.
—¿Y Garrett?
—Garrett sabía todo.
Cerré los ojos.
Tres años de matrimonio.
Tres años creyendo que había encontrado al hombre perfecto.
Tres años durmiendo al lado de alguien que planeaba destruirme.
—No puede ser…