A LAS DOS DE LA MAÑANA, UNA NIÑA DE SEIS AÑOS ME PIDIÓ QUE ESCUCHARA LA PARED DE MI BIBLIOTECA: TRES GOLPES DESDE EL OTRO LADO CAMBIARON TODO…-gr-haohao

Toc.

Toc.

No fueron golpes fuertes.

Fueron demasiado precisos.

Tres sonidos separados por casi el mismo intervalo.May be an image of child

Mia no se movió.
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Yo tampoco.

Durante unos segundos, ninguno de los dos pareció respirar.

La bebé seguía dormida contra la espalda de la niña.

La aspiradora permanecía encendida en medio del estudio.

Y yo seguía mirando aquella pared como si pudiera atravesarla con los ojos.

—¿Eso fue lo que escuchaste? —pregunté.

Mia asintió.
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—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Muchas.

—¿Desde cuándo?

Ella pensó.

—Desde que mamá empezó a limpiar esta parte de la casa por las noches.

Sentí una presión incómoda en el pecho.
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Grace llevaba ocho años trabajando para mí.

Ocho años entrando y saliendo de aquella casa.

Ocho años limpiando habitaciones que yo casi nunca visitaba.

Y nunca me había hablado de golpes detrás de la biblioteca.

Pero quizá había una razón.

—¿Tu madre te dijo que no hablaras de esto?

Mia bajó la mirada.
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—Me dijo que no preguntara.

—¿Por qué?

—Porque las personas que hacen preguntas pierden su trabajo.

Aquella frase me hizo quedarme inmóvil.

No era una respuesta propia de una niña de seis años.

Era algo que había aprendido escuchando a adultos.

Me acerqué a la biblioteca.
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Mia retrocedió un paso.

—¿Qué haces?

—Voy a averiguar qué hay detrás.

Sus ojos se abrieron.

—¿Ahora?

—Ahora.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y activé la linterna.
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Examiné los estantes.

No había nada extraño.

Los libros estaban perfectamente alineados.

Los muebles no mostraban señales de haber sido movidos.

La pared parecía sólida.

Pero cuando acerqué los nudillos y golpeé suavemente la madera lateral, escuché algo diferente.

Un sonido hueco.
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Miré a Mia.

Ella señaló un punto detrás de una fila de libros.

—Ahí.

Aparté los volúmenes uno por uno.

Nada.

Detrás de ellos había una superficie de madera oscura.

Pasé los dedos por la parte inferior.
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Encontré una pequeña ranura.

No parecía un estante.

Parecía una puerta.

Mia se acercó lentamente.

—Mamá nunca deja que limpie ahí.

—¿Por qué?

—Dice que no debe moverse nada.
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Tiré suavemente.

La madera no se abrió.

Busqué un mecanismo.

Nada.

Entonces vi algo pequeño.

Una cerradura.

No había visto aquella cerradura en todos los años que llevaba viviendo allí.
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Saqué mi teléfono.

Llamé a Daniel, mi jefe de seguridad.

Contestó al segundo tono.

—¿Señor Duca?

—Ven a mi estudio.

—¿Ocurre algo?

—Sí.

Miré la puerta oculta.

—Y trae las llaves maestras.

Hubo una pausa.

—¿Está usted en peligro?

—Todavía no lo sé.

Colgué.

Mia seguía mirando la pared.

—¿Ella volverá?

—¿Quién?

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