Durante años había querido asegurarse de que su hija nunca volviera a sentirse observada, juzgada o abandonada.
Aquella noche entendió algo distinto.
Lucía no necesitaba una vida sin miradas.
Necesitaba saber que ninguna mirada decidía quién era.
Y Carmen, por fin, estaba aprendiendo que protegerla no significaba esconderla, anticiparse a cada herida ni corregir el ángulo de cada fotografía.
A veces proteger también era quedarse a un paso de distancia.
Esperar.
Y confiar en que, cuando Lucía necesitara su mano, sería ella quien la buscara.