Se suponía que la noche del baile de graduación era algo que simplemente iba a superar.
Sonríe cuando sea necesario. Guarda silencio. Vete a casa.
Ese era el plan.
Pero todo cambió en el momento en que bajé las escaleras.
Llevaba un vestido que yo misma había confeccionado, con la tela del antiguo uniforme militar de mi padre.
No porque fuera perfecto.
Porque era suyo.
Cada puntada tenía un significado. Cada trozo de tela guardaba un recuerdo al que no estaba preparada para renunciar.
Me enseñó a coser cuando era más joven. En aquellos tiempos en que la vida todavía se sentía… completa.
No en voz alta.
Peor aún: risas silenciosas y cortantes. De esas que te dejan una huella imborrable.
—¿Se supone que eso es un vestido? —preguntó una de ellas.
No respondí.
Me quedé allí parado.
Porque sabía que si decía algo, me temblaría la voz.