PARTE 2
El silencio cayó sobre la hacienda como una copa rota.
Renata, vestida de novia, no miró primero a Mariana. Miró a los 3 niños. Luego miró a Sebastián. Y en ese segundo entendió algo que nadie había querido decir en voz alta durante dos años.
“¿Tú sabías?”, preguntó con una calma peligrosa.
Sebastián abrió la boca, pero no salió nada. Sus ojos iban de Mariana a los niños, de los niños a su madre, de su madre al piso.
“No”, dijo al fin. “Te juro que no sabía.”
Renata soltó una risa pequeña, triste, casi sin aire.
“Tal vez no sabías de ellos. Pero sí sabías que tu corazón nunca estuvo conmigo.”
Sebastián intentó tomarle la mano. Ella retrocedió.
“Durante dos años te pregunté si eras feliz. Siempre dijiste que sí. Pero cada vez que hablábamos del futuro, tus ojos se iban a otra parte. Hoy entiendo a dónde.”
Doña Dolores reaccionó como si la vergüenza fuera culpa de Mariana.
“Esto es una falta de respeto”, dijo, avanzando entre las sillas. “Mariana, ¿cómo te atreves a presentarte así?”
Mariana abrió su bolso, sacó la invitación dorada y la levantó frente a todos.
“Usted me invitó, doña Dolores. Aquí dice que mi presencia sería muy importante.”
Los invitados comenzaron a murmurar. Un empresario de Monterrey bajó el celular. Una tía de Renata se llevó la mano a la boca. El fotógrafo no sabía si disparar la cámara o esconderse.
“Yo invité a una exnovia”, dijo Dolores con los labios tensos. “No a una mujer que llega inventando historias frente a toda la sociedad.”