PARTE 1
“Invítenla. Quiero que vea con sus propios ojos lo que perdió.”
Eso dijo doña Dolores Mendoza la mañana en que mandó imprimir una invitación color marfil con letras doradas y el escudo familiar grabado en relieve. No era una invitación común. Era una puñalada elegante, perfumada con flores caras y enviada por mensajería privada hasta una colonia tranquila de Morelia.
La destinataria era Mariana Ríos.
Cuatro años atrás, Mariana había amado a Sebastián Mendoza con una fe tan limpia que parecía imprudente. Él era heredero de una cadena de hoteles en Los Cabos, Cancún y Valle de Bravo. Su apellido abría puertas, conseguía mesas sin reservación y hacía que los meseros bajaran la voz cuando su madre entraba a un restaurante.
Mariana no tenía nada de eso.
Era hija de un mecánico jubilado y de una maestra de primaria. Había estudiado pedagogía, daba clases por la tarde y soñaba con abrir un centro para adultos que no habían terminado la secundaria. Cuando conoció a Sebastián en la biblioteca de la universidad, él llevaba una camisa demasiado cara y una cara de hombre perdido frente a un libro de derecho fiscal.
“Estás mirando esa página como si te debiera dinero”, le dijo Mariana.
Sebastián soltó una risa que no parecía ensayada. Desde ese día empezó a buscarla con cualquier pretexto. Primero para estudiar. Después para caminar. Luego para contarle cosas que jamás se había atrevido a decir en la casa de su madre.
Con Mariana, Sebastián no era “el joven Mendoza”. Era solo Sebastián.
Él le prometió una casa con bugambilias, desayunos los domingos, niños corriendo por el pasillo y una familia donde nadie tuviera que fingir perfección.
Pero cuando la llevó por primera vez a la mansión familiar en Lomas de Chapultepec, doña Dolores sonrió con la boca y la despreció con los ojos.
“Qué linda eres, Mariana”, dijo durante la cena. “La sencillez tiene su encanto. Aunque una familia como la nuestra necesita algo más que encanto.”
Mariana entendió.
Sebastián fingió no entender.