La llamada apareció en mi pantalla justo cuando supe que Mauricio ya estaba abajo, buscando la manera de entrar donde estábamos Valeria y yo.
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No contesté.
La doctora Irene vio el nombre y después me miró a mí, esperando que decidiera sin presionarme.
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—Es él —dije.
Valeria apretó el conejo contra el pecho.
—¿Papá está aquí?
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Me incliné hasta quedar a su altura.
—Tú te vas a quedar conmigo.
No le prometí que nada malo volvería a pasar.
No podía hacer una promesa así.
Solo podía decidir qué iba a hacer durante los siguientes minutos.
La doctora Irene salió al pasillo y habló con una enfermera; no escuché todas sus palabras, pero entendí que estaban organizando quién podía entrar al área y quién no mientras continuaban la valoración de mi hija.
Mi teléfono dejó de sonar.
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