Elena Herrera regresó a la casa de su hija Daniela por una razón sencilla: había olvidado sus lentes sobre la consola de la entrada. Pero al abrir la puerta entreabierta encontró una escena que cambió todo lo que pensaba hacer.
Desde el pasillo escuchó una voz llena de desprecio.
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—¡Una inútil como tú no merece a mi hijo!
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Después llegó el golpe.
Elena no entró de inmediato. Sus ojos se quedaron fijos en la habitación. Daniela estaba en el suelo, con una mano sobre su mejilla enrojecida, mientras Beatriz Salgado, su suegra, la miraba con una dureza que Elena nunca había imaginado ver dentro de esa familia.
—¿Ni siquiera puedes ayudar correctamente en la empresa? ¿Para eso te casaste con un Salgado? —decía Beatriz.
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Pero había algo que dolía todavía más.
Mauricio, el esposo de Daniela, estaba sentado en el sofá mirando su teléfono.
No parecía sorprendido.
No parecía preocupado.
Solo observaba como si aquello no tuviera nada que ver con él.
—Mi mamá tiene razón —dijo finalmente—. Todo lo haces mal, Daniela. Deberías agradecer que todavía te dejamos estar aquí.
Elena sintió que cada palabra golpeaba más fuerte que la anterior.
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La mujer que estaba frente a ella no era la hija que había criado. Daniela siempre había sido alegre, decidida y llena de energía. Pero ahora estaba con la mirada baja, intentando desaparecer en su propia casa.
El primer impulso de Elena fue entrar.
Abrazarla.
Sacar a su hija de ahí.
Enfrentar a Beatriz y a Mauricio.
Pero conocía demasiado bien a Daniela.
Sabía que, si la veía entrar en ese momento, probablemente intentaría justificarlo todo.
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Diría que había sido un mal día.
Que Beatriz estaba nerviosa.
Que Mauricio no quería problemas.
Y después, cuando Elena se fuera, la situación podría empeorar.
Por eso hizo algo que nadie esperaba.
Retrocedió.