—¿Qué traes?
Puse una carpeta sobre la mesa.
—Cinco años.
—¿De qué hablas?
—De casi tres millones de pesos.
Palideció.
Ricardo miró los documentos.
—¿Qué es eso?
—El dinero que mandé durante cinco años.
Mi madre reaccionó enseguida.
—No todo era para ella.
—Correcto. También pagaba gastos de esta casa.
—Pues entonces no vengas a reclamar.
—No estoy reclamando el recibo de la luz. Estoy preguntando por qué mi hija tiene anemia mientras tú declarabas que vivían prácticamente en pobreza.
Silencio.
Saqué las solicitudes.
—Aquí está tu firma.
Teresa miró de reojo.
—Era para conseguirle becas.
—Declaraste que yo no aportaba dinero.
—Si la escuela podía ayudar, ¿para qué gastar de más?
Aquella frase cayó como piedra.
—Entonces sí sabías.
—Claro que sabía que mandabas.
—¿Y dónde está?
—Lo usé para la familia.
Señalé a Mariana.
—Ella también es familia.
—También Ricardo.
Mi hermano se levantó.
—Mamá, ¿mi departamento se pagó con ese dinero?
—No todo.
—Me dijiste que eran tus ahorros.
—Porque en cierto modo lo eran.
—¡No eran tuyos!
Teresa golpeó la mesa.
—¡Yo crié a esa niña cinco años!
—Y yo pagué cada mes para que no le faltara nada.
—¿Crees que criar a alguien solo cuesta dinero?
—No. Pero si no querías hacerlo, podías decírmelo.
Su rostro se endureció.
—Tú estabas muy cómodo viajando mientras yo me quedaba aquí.
Aquello dolió porque contenía una parte de verdad.
—Sí —dije—. Me equivoqué al estar lejos tanto tiempo. Esa responsabilidad es mía. Pero mi error no convierte en tuyo el dinero de Mariana.
Mi madre miró a mi hija.
—Ella siempre fue difícil con la comida.
Mariana habló:
—No me dabas dinero para comer.
—¡Cállate!
Golpeé la palma contra la mesa.
—No vuelvas a mandarla callar.
Mi madre me miró como si acabara de desconocerme.
Mariana temblaba, pero siguió.