Así que puso una condición.
—Todo lo que tenga que ver con Diego, sus terrenos o sus negocios se queda separado de mí.
—Completamente.
—Y si vuelve a decirme que se llama Adrián, lo dejo hablando solo.
Andrés asintió.
—Entendido.
En las semanas siguientes, la vida de Mariana no se convirtió mágicamente en algo sencillo.
Tuvo consultas médicas por el embarazo.
Tuvo que descansar más de lo que quería.
Renata empezó a despertarse algunas noches preguntando si las escaleras podían volver a lastimar a su mamá.
Mariana descubrió que la caída había terminado mucho antes para su cuerpo que para la imaginación de su hija.
Así que crearon una rutina.
Antes de dormir, Renata comprobaba que la carpeta azul estaba en el cajón.
No porque los documentos fueran mágicos.
Porque necesitaba saber que las cosas importantes seguían donde ellas las habían dejado.
Una tarde, Teresa llegó a casa con una bolsa de comida y una caja vieja que había guardado durante décadas.
Mariana no quiso abrirla de inmediato.
—¿Qué hay ahí?
—Cartas.
Teresa dejó la caja sobre la mesa.
—Algunas son mías. Algunas son de él.
Mariana observó a su madre.
—¿Las guardaste todo este tiempo?
—Sí.
—¿Por qué?
Teresa tocó la tapa.
—Porque tirar algo es más fácil que admitir que todavía significa algo.
Mariana respiró hondo.
No abrió las cartas esa tarde.
Esa fue su decisión.
Durante toda su vida, otras personas habían elegido cuándo debía conocer la verdad.
Ahora ella elegiría el ritmo.
El juez respetó esa distancia.
No llamó todos los días.
No llegó con regalos.
No intentó utilizar a Renata como puente.
Mandó un solo mensaje a través de Mariana después de que ella aceptó darle un número de contacto personal.
«Cuando tú quieras.»
Nada más.
Pasaron once días antes de que Mariana respondiera.
Aceptó tomar un café con él en un lugar tranquilo.
Teresa no fue.
Renata tampoco.
Mariana quería conocer al hombre sin convertir inmediatamente ese encuentro en una reunión familiar.
Él llegó antes y se levantó al verla.
Mariana señaló la silla.
—No tiene que hacer eso.
—No sé qué se supone que debo hacer.
—Yo tampoco.
Aquella fue probablemente la primera conversación completamente sincera que tuvieron.