La cuenta pertenecía a…
Elena.
La miré directamente.
—¿Quieres que hablemos también de los retiros?
Ella dejó caer la copa.
El cristal se rompió contra el suelo.
Nadie se movió.
—Eso no es mío —susurró.
—Entonces explícales a todos por qué aparece tu nombre.
Elena miró a sus invitados.
Ninguno se atrevió a defenderla.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta principal se abrió.
Entró mi esposo, Daniel.
Se quedó quieto al ver a todos reunidos.
—¿Qué está pasando?
Elena se levantó inmediatamente.
—Daniel, tu esposa está intentando humillarme.
Él me miró.
Luego miró la factura.
Después la carpeta.
—¿Qué es todo esto?
Yo no dije nada.
Marisol respondió:
—Tu madre tiene una deuda de más de setenta mil dólares con el restaurante.
Daniel miró a su madre.
—¿Mamá?
—¡Es una mentira!
Daniel tomó los documentos.
Los revisó.
Una hoja.
Otra.
Otra.
Su rostro fue perdiendo color.
—¿Sacaste dinero del restaurante?
Elena guardó silencio.
—Mamá…
—¡Lo hice por la familia!
Daniel cerró los ojos.
—¿Qué familia?
Ella lo miró.
—La nuestra.
Daniel negó lentamente.
—No.
Me miró.
—Ella está hablando de mí.
Entonces entendí que Daniel no sabía nada.
—Tu madre me dijo durante años que tú estabas de acuerdo con todo esto —le expliqué.
Daniel me miró sorprendido.
—¿Qué?
—Me dijo que tú considerabas que este restaurante era parte del patrimonio familiar.
—Nunca dije eso.
Elena comenzó a llorar.
—Daniel, yo sólo quería ayudarte.
—¿Ayudarme a qué?
Nadie respondió.
Daniel volvió a mirar las transferencias.
Entonces encontró una cifra que yo todavía no había mencionado.
—¿Qué es este pago?
Señaló una transferencia de 300,000 pesos.
—¿A quién se lo mandaste?
Elena no contestó.
Daniel levantó la vista.
—Mamá.
Ella comenzó a temblar.
—No fue lo que piensas.
Daniel miró el número de cuenta.
Después me miró.
—Ese dinero fue enviado a una cuenta de mi hermano.
Me quedé inmóvil.
Yo ni siquiera sabía que Daniel tenía un hermano.