El comedor quedó en silencio.
Camila se quedó con la mano levantada, a medio camino de golpearme otra vez.
Alejandro no se movía.
Lo conocía demasiado bien. Durante tres años había observado cada gesto suyo: la manera en que apretaba la mandíbula cuando perdía el control, cómo se acomodaba el reloj cuando estaba nervioso, la pausa exacta que hacía antes de inventar una mentira.
Pero esa vez no encontró ninguna.
—Valeria… —logró decir.
Camila soltó una risa corta.
—¿Valeria Monteverde? —repitió, mirando a Alejandro—. ¿Esta mujer?
Nadie respondió.
Entonces las puertas del comedor se abrieron.
Entraron el licenciado Ramiro Salas, dos miembros del consejo de administración y el director de Recursos Humanos. Detrás de ellos, dos agentes de seguridad permanecieron junto a la entrada.
Camila empezó a palidecer.
Ramiro caminó hacia mí y habló con voz clara para que todos escucharan.
—Señor Alejandro Fuentes, queda suspendido de sus funciones como director general, con efecto inmediato, mientras se realiza una auditoría extraordinaria y se presentan las denuncias correspondientes.
Alejandro levantó una mano.
—Esto es absurdo. Es una venganza personal. Valeria está confundida.
—No —respondí—. Confundida estuve cuando creí que me amabas.
Saqué una carpeta roja de mi bolso y la dejé sobre la mesa.
—Ahora tengo pruebas.
Ramiro abrió la carpeta.
Había estados de cuenta, contratos, correos impresos y documentos corporativos. Pero lo que hizo que los empleados contuvieran el aliento fue la pantalla que encendieron detrás de nosotros.
Apareció una videollamada grabada.
Alejandro estaba sentado en su oficina, hablando con el hermano de Camila.
—El siguiente pago saldrá el viernes —decía Alejandro en el video—. Después de eso, transfieran el dinero a la cuenta de Panamá. Nadie revisa las empresas familiares si los reportes internos están bien maquillados.
Camila retrocedió un paso.
—Yo no sabía nada —murmuró.
Ramiro la miró.
—Las tres empresas receptoras están registradas a nombre de su madre y su hermano. También encontramos transferencias a una cuenta a su nombre.
Camila miró a Alejandro.
—Me dijiste que era un negocio legal.
Él no respondió.
—¡Me mentiste! —gritó ella.
Aquello habría sido casi cómico si no hubiera resultado tan cruel. Ella, que se había sentado en el área VIP creyendo que ya era dueña de todo, acababa de descubrir que Alejandro también la había usado.
—Yo no te prometí nada —dijo él con frialdad.
Camila abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Yo la miré.
Aún me ardía la mejilla por la bofetada del día anterior. Aún podía sentir la humillación de haber escuchado cómo se burlaba de mí junto al hombre con quien compartía mi vida.
Pero al verla allí, destrozada por la misma persona a la que había defendido, no sentí victoria.
Solo cansancio.
—No viniste a quitarme a mi esposo —le dije—. Viniste a quedarte con un hombre que nunca perteneció a nadie.
Camila bajó la mirada.
Los agentes de seguridad se acercaron.
—Señorita Camila Ríos —dijo uno de ellos—, queda suspendida de sus funciones. Tendrá que acompañarnos para entregar sus dispositivos y pertenencias.
Ella empezó a llorar.
—Por favor, Valeria. Yo no sabía que él iba a robar.
—Eso lo determinará la investigación —respondí—. Pero sí sabías que era mi esposo. Sí sabías que intentabas humillarme. Y sí elegiste hacerlo.
Camila no volvió a mirarme.
Alejandro fue escoltado fuera del edificio una hora después.
Antes de irse, pidió hablar conmigo a solas.
Ramiro quiso negarse, pero asentí.
No porque creyera que Alejandro pudiera decir algo que cambiara mi decisión.
Sino porque quería oírlo sin miedo.
Nos quedamos en la antigua oficina de mi padre.
Durante tres años, Alejandro había ocupado aquel despacho enorme, con vista a Monterrey. Había cambiado el mobiliario, colgado diplomas con su nombre y retirado la fotografía de mi padre que antes estaba detrás del escritorio.
Yo había permitido cada una de esas cosas.
Ahora la fotografía había vuelto a su lugar.
Alejandro se quedó de pie frente a mí.
—No quería que terminara así.
—¿Cómo querías que terminara?
—Yo iba a arreglarlo.
Solté una risa amarga.